Gracias a mi amiga Ludita (que andará por algún lugar del planeta creciendo) descubrí Kathleen Keating y a su libro Abrázame. En ocasiones recuerdo lo que extrajo de este libro:
El precio de abrazar es el riesgo de que nuestro abrazo sea rechazado o mal interpretado. Su costo es la fortaleza que se requiere para ser vulnerable.
En una de nuestras conversaciones nos salió que abrazar, dar un beso, hablar en público sin decir palabras huecas puede tener un costo, traducido en el resultado producido en uno. Para esto tenemos que ser consecuentes con nosotros mismos y la situación en la que nos insertamos.
Un precio por los tipos de sentimientos que te convierte en vulnerable, se muestra lo más profundo de uno a diferentes niveles. Pero que a la vez desarrolla el crecimiento positivo de la persona. En esto es importante ser consecuente por lo que pueda suceder.
Quizás esto diferencia a unas personas, aquellas que hacen poco por controlar lo que puedan pensar los demás, mostrando de forma espontánea sus sentimientos (muestran conversaciones atípicas), de otras que actúan dependiendo del público ante el que se encuentran. El uso de comportamiento estandar, midiendo a cada milímetro su imagen, y dando a los que le rodean lo que más le gusta para conseguir lo que quiere.
El peligro de todo esto es que aquellos que se muestran así pueden llegar a mostrarse sin personalidad propia. La vida pasa por su puerta sin pena ni gloria. Y como decía Cantinflas:
“hay momentos en la vida que hay que disfrutar, porque son verdaderamente momentáneos”
En Internet ambos comportamientos pueden diluirse con una facilidad mayor que en el mundo real. Existen otros códigos, otras pautas que están sin definir. Quizás porque la gente no es pentasensorial ya, ahora solo utilizamos la vista y el tacto para el teclado.
Está claro que donde haya un cara a cara delante de una caña, que me quiten lo bailao para abrazar.